Diminutos actos de obediencia

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Imperceptibles. Silenciosos. Escondidos en el alma. Así son momentos en los que somos llamadas a ser obedientes a Dios. No siempre ocurren en medio de la actividad y el bullicio. En ocasiones son invisibles al ojo humano. No pueden ser vistos por los demás. Solo nosotras podemos sentir la tensión que se genera en el corazón.

Nuestra vida se compone de esos diminutos actos de obediencia. Oportunidades que se disfrazan de cotidianidad en las que somos llamadas a tomar nuestra cruz y a elegir el camino de Cristo. El camino de la negación a nuestras pasiones.

Mi día contiene un millón de esos momentos, cuando me debato entre:

  • Complacerme a mí misma y quedarme en cama en lugar de levantarme temprano a servir a los míos.
  • Abrir la Palabra de Dios o confiar en mis fuerzas y poner mi mente en automático al comenzar el día.
  • Poner el celular a un lado para apreciar lo que está delante de mí o dejarme dominar por las redes sociales.
  • Alimentar mi ansiedad o negarme a mí misma y ejercer el dominio propio con ese último bocado.
  • Decir algo que no me pertenece o ser discreta.
  • Ser intencional para servir a los míos victimizarme o esperar que ellos me sirvan a mí.
  • Dejar que mis ojos se expongan a todo lo que puedo ver en las redes sociales o cuidar mi corazón de impurezas.
  • Hablarle verdad a mi alma o dejar que mis emociones controlen mis decisiones.
  • Apagar mi computadora e involucrarme en lo que sucede a mí alrededor.
  • Irme a dormir o seguir con mi mente encendida cuando necesito descansar.

No son grandes decisiones pero sus resultados siempre tienen un impacto eterno. Aunque suceden en tan solo segundos no podemos ignorarlos porque ellas nos ayudan a conformarnos al carácter de Cristo.  Siempre estoy apercibida de esos momentos, pero no siempre soy obediente.

En esos momentos fugaces encontramos oportunidades para poner de manifiesto lo que hemos creído o razones para correr a la cruz en busca de perdón. ¡Gracias a Dios por el Evangelio! Doy gracias por la obediencia perfecta de Cristo en cada acto público y en cada rincón de su corazón. Su muerte y resurrección en mi lugar es la garantía de que las puertas de Su trono están abiertas para mí. Por eso necesito recordarle a mi alma constantemente que: en todo momento tengo [en Cristo] lo que necesito para obedecer y tengo un refugio seguro en dónde puedo encontrar gracia y el poder para vencer en la próxima oportunidad.

Con eso en mente, podemos reconocer que esos momentos no son tan escondidos como pensamos, cada uno de ellos es vivido frente a la más importante audiencia. La audiencia de uno, nuestro Dios. 

¡Escondamos Su Palabra en nuestros corazones! Esa es la clave para vencer.

En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti. Salmos 119:11

¿Cuáles son esos momentos en tu vida?