Respira

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Fue uno de esos días. Estaba exhausta. Mis hormonas estaban dando vueltas en una montaña rusa. Mis emociones querían apoderarse de mí. Me sentía como una máquina en piloto automático. 

Pensaba que era producto del vértigo que padezco, pero no, la casa en realidad estaba dando vueltas. Todo estaba fuera de su lugar. La capa de súper héroe siempre tirada en el piso, parecía tener un efecto magnético. El piso del baño conservaba la evidencia de que una personita todavía no es muy diestro para apuntar en la dirección correcta. Los platos en la cocina necesitaban darse un baño con agua caliente, porque la avena se convierte en concreto cuando se enfría. La ropa por doblar estaba a punto de convertirse en un monstruo asesino. Correos por abrir, chats por responder. Los niños me llamaban porque no encontraban la página con la que necesitaban trabajar. Pudiera seguir. 

Todo estaba fuera de lugar 

Incluyendo mi corazón.

El desorden de esa mañana no era más que un reflejo del lo que estaba sucediendo en mi interior. Sutilmente fui cediendo a la mentira de que mensualmente tengo permiso para bajar la guardia en la batalla que se libra en mi interior. Fui descuidando el ritmo de mis pensamientos hasta que salieron de control y ya estaba en medio del campo de guerra. En ese momento un calmante no podía ayudarme. Sinceramente, me pregunté, ¿y ahora, qué hago? 

Lo primero que vino a mi mente fue ponerme en posición fetal debajo de las sábanas de mi cama. Pero luego recordé que me había levantado tarde y que esa no era una buena idea. Lo segundo que pregunte fue, ¿qué me diría mi yo normal? ¡Ja, ja, ja! En ese momento, comenzó una conversación muy interesante. Mi yo hormonal hizo silencio y comenzó a hablar con mi verdadero yo. 

—¡Tienes que hacer silencio ahora!

—Lo que quiero es llorar, estoy cansada. ¡No es justo que yo tenga que hacerlo todo!

—Respira. Comienza a contar las evidencias de gracia que te rodean. Convierte cada queja en una razón por la que estás agradecida. Da gracias.

—(Suspiro)... Está bien.

Eso lo cambió todo

El dolor de cabeza permaneció, pero mis emociones comenzaron a encontrar su lugar. En la medida en la que hice el ejercicio de salirme del centro de la atención y mi corazón comenzó a atribuirle la gloria debida a quien la merece, la batalla fue cediendo. No estoy exagerando. ¡La lucha es real!

Por un momento no quería doblegar mi orgullo para arrepentirme de mi pecado. Porque dejar a  mis emociones y a mi pecado en la torre de control es mucho más fácil que arrepentirme. Cada acto de obediencia es una lucha contra el pecado que mora en nosotras. Aún esas pequeñas decisiones que tomamos en nuestra mente para avanzar el Reino de Dios en nuestras vidas.  

Esos días no se han terminado, mientras esté de este lado de la gloria, seguiré en la lucha por dominar mis pensamientos. Por eso, necesito recordarme estas verdades constantemente. 

  • Mis emociones necesitan ser informadas por la verdad.
  • La gratitud transforma la queja en motivos de alabanza.
  • Por el poder del Espíritu yo puedo someter mis pensamientos a la obediencia a Cristo. (Aún en esos días) ...destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo. (2 Corintios 10:5).
  • Necesito examinar si lo pensamientos que encuentran guarida en mi mente pasan la prueba de Filipenses 4:8, "todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad".
  • Puedo correr a Cristo en busca de perdón. "Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. (I Juan 1:8)

Muy probablemente necesite leerme esto a mí misma muy pronto...