El arte perdido de procesar lento

Lento

Hace un poco más de cuatro meses desde la última vez que escribí en esta libreta. Tomé la decisión de no ceder a la tentación de fabricar el tiempo para escribir en este blog, porque la realidad es que “fabricar el tiempo” para hacer algo es robárselo a lo que realmente le pertenece.  


Hoy quiero compartirles una de las cosas que Dios me ha estado enseñando: el arte perdido de procesar lento. Pudiera parecer algo simple pero en realidad es mucho más complejo de lo que nos imaginamos.

Recuerdo mi primera computadora, con un disco duro (CPU) gigante, con una velocidad de suero de miel de abeja y con una capacidad de procesar muy pocas aplicaciones a la vez. Todo era tan lento, todos vivíamos tan lento. Pero no siempre fue así, las cosas fueron acelerándose, los aparatos fueron modernizándose; lo lento se convirtió en anticuado y nosotros nos aceleramos también. El mundo redefinió la productividad y el tiempo se convirtió en la variable que nadie quería comprometer. El computador aspiraba trabajar como el cerebro humano, pero muy pronto se cambiaron los papeles. La máquina logró elaborar cosas que el cerebro no necesitaba hacer, y nos metimos en esta carrera que nos deja exhaustas al final del día.

Así como el mundo cibernético se ha modernizado, proveyendo aparatos que pueden operar diferentes acciones a la vez y responder de manera inmediata a nuestros comandos; así queremos operar los seres humanos. Queremos tener “éxito” de la manera más veloz posible. Esa es la definición moderna de productividad. El problema es que esa fórmula posee el riesgo de dar resultados en aquellas cosas que no son trascendentes para el alma.

"La productividad del alma es diferente y la velocidad no es un factor determinante." 

Dios estableció un patrón en la creación, pudiendo crearlo todo con el chasquido de sus dedos, Él se tomó seis días. Él diseñó un tiempo para todo y nos dejó las estaciones como recordatorio. Él nunca ha estado de apresurado para correr su plan, ni ha tratado de prisa con su pueblo. En toda la narrativa bíblica, Dios muestra claramente que él no está apurado. Sin embargo sus hijos “mileniales” insistimos en llevarnos el mundo por delante porque queremos crecer a la carrera y dar frutos con maduración acelerada.  ¡Oh cuán equivocada he estado!

No me refiero a cosas “grandes”. Hablo de momentos ordinarios en los que me he apresurado sin necesidad. Como cuando, en lugar de leer, he “escaneado” libros o artículos sin tomar el tiempo de discutir el contenido con mi alma. Cuando he escuchado prédicas que traen convicción a mi corazón, pero no he tomado el tiempo para llevarlo en oración. Cuando he estado en la Palabra, pero no he hecho una pausa para dejar que la verdad se asiente en mi alma. Cuando en lugar de detenerme a mirar a alguien a los ojos y escuchar su historia, he querido saltar a la próxima “actividad”. Y ni hablar de los momentos en los que he corrido por mi lista de tareas pendientes en lugar de identificar necesidades del corazón de mis hijos o mi esposo.  Momentos que, al mirar atrás y considerarlos, se sienten como si me hubiera bebido solo el agua caliente por no esperar a que la bolsita de té expidiera su sustancia

La prisa nos ciega ante los detalles de la gracia de Dios.

La rapidez produce un ruido en el alma que nos ensordece. No nos deja escuchar los amorosos susurros del Espíritu convenciéndonos de pecado, ni podemos escuchar la fuerte voz de su Palabra.  La velocidad tambien nos entumece y nos roba la empatía por aquellos a quienes amamos.

Ha habido tantas oportunidades en las que he podido amar, crecer y madurar, y lo único que lo ha impedido es mi necio deseo de ir rápido por la vida. El mundo seguirá tratando de girar más rápido, pero yo quiero ir más lento. Aunque eso implique que me "pierda" de muchas cosas, nada puede compararse al tesoro de deleitarme en la hermosura de Aquel que no puede ser contemplado a la carrera. Quiero disfrutarle, quiero escucharle sin prisa, quiero amar sin tanta complicación. Quiero rendirme a sus pies, renovar mi mente con su Verdad e ir en contra de la corriente del mundo y de mi necio corazón que insiste en engañarme.

"El mundo seguirá tratando de girar más rápido, pero yo quiero ir más lento."

Hoy quiero invitarte a considerar el arte de procesar lento. Ábrele a tu alma un espacio para disfrutar el silencio delante de su Creador y podrás escucharle más claro cuando te expongas a su Palabra. Medita a menudo lo que está alimentando tu alma. Tómate el tiempo para digerir aquellas cosas que te suceden en el día. Pausa la vorágine de actividades y disfruta momentos de quietud con los tuyos. Procesa lo que Dios está haciendo en tu vida, celebra la gracia de Dios, examina si debes rendir algo o simplemente busca razones para dar gracias.

Simplemente, escoge bajar la velocidad y procesa más lento. Verás cuantos colores, la prisa te estaba impidiendo contemplar.

Si necesitas un lugar para comenzar, abre tu Biblia y medita en el Salmo 103.