Estaciones, temporadas y cambios

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En la escuela me enseñaron acerca de las cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Aunque vivía en una isla con un verano eterno, tenía muy claro el concepto; y a pesar de que había viajado a otros países en diferentes temporadas; nada se comparó a la experiencia que vivimos estos últimos tres años en Carolina del Norte. No tengo palabras para explicar lo hermoso que fue ver las cuatro estaciones en todo su esplendor. 

Frente a mi casa había un árbol que me enseñó mucho. En el invierno, el árbol estaba seco, sin hojas ni señales de vida, pero desde que se asomaba el mes de marzo, de esas ramas pálidas comenzaban a brotar flores rosadas y rizadas. Era increíble cómo, literalmente de “la nada”, salían hojas verdes y llenas de vida. Cuando esos días llegaban yo quería que se quedara así, hermoso, colorido y radiante. Pero no pasaba mucho tiempo cuando las flores se caían, las hojas comenzaban a tomar tonalidades anaranjadas, luego se secaban y dejaban al árbol seco otra vez. En el invierno siempre me preguntaba, ¿cómo de aquí van a nacer flores otra vez? Y en la primavera, allí estaban radiantes y hermosas para continuar el ciclo una y otra vez.  

 El árbol no solo me enseñó acerca de las estaciones, también me enseñó acerca del obrar de Dios y su soberanía al pasarnos por cambios que él orquesta para su gloria y para nuestro bien. Durante el tiempo que vivimos allí supimos que esa era solo una temporada de preparación y que nos esperaban cambios en el porvenir. Así que ese árbol (y los otros mil millones que hay en Carolina del Norte) me recordaban que en Dios todo tiene su tiempo y me motivaba a orar por un corazón rendido ante las diferentes etapas de nuestras vidas. 

Dios nos mostró cuál era el próximo paso, el día de la graduación llegó y nos preparamos para mudarnos a otra ciudad. Los cambios iniciaron, la esposa del estudiante, ahora sería la esposa de un pastor. Comencé a despejar un poco mi plato para poder estar más disponible en esta nueva aventura de fe, pero no teníamos idea de la sorpresa que nos estaba esperando. En nuestro segundo día en Dallas, nos enteramos que yo estaba embarazada. 🤰🏻 ¡EMBARAZADA! Sabía que vendrían cambios pero no me imagine que tan grandes serían.  🙌🏼

En el pasado tuvimos tres pérdidas que a pesar del dolor que trajeron a nuestros corazones resultaron en una gran ganancia para nuestras almas. Luego de esas experiencias tan intensas llegué a pensar que ya Dios había cerrado la fábrica. Y aunque por su gracia, estaba satisfecha con la familia que Él me había dado, confieso que en ocasiones me preguntaba, “¿y si quedo embarazada otra vez?, ¿y si lo pierdo de nuevo?, ¿y si…?, un sin fin de ¿y si?”.

Así que allí inició una nueva etapa de dependencia del Señor. La Betsy súper activa con muchos deseos de emprender una nueva aventura estaba frizada ante el panorama que sus ojos contemplaban. Por un lado me sentía gozosa, pero por el otro con temor de alegrarme mucho por la posibilidad de una pérdida más. Fueron unos días de lucha en los que necesitaba hablarle verdad (una y otra vez) a mi alma acerca del carácter de Dios. Una hermana me compartió el Salmo 127:1-2:

 Si el Señor no edifica la casa,
en vano trabajan los que la edifican;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vela la guardia.
Es en vano que os levantéis de madrugada,
que os acostéis tarde,
que comáis el pan de afanosa labor,
pues El da a su amado aun mientras duerme.

Dios me permitió anclarme en la verdad de su soberanía al actuar y me recordó la vanidad que se encuentra en la preocupación y en la ansiedad. Al final de cuentas, si Dios va a formar ese bebé en mi vientre, él lo va a hacer y nadie lo va a detener. En vano es que me afane por “tratar de mantenerlo”, porque Él es el dador y sustentador de la vida. Por esa razón tomamos la decisión de compartir la noticia de este embarazo, en lugar hundirme en el mar de los “¿y si…?”. Porque la vida ha de ser celebrada ya sea que dure solo unas semanas o 100 años.

Mientras más crecía en confianza en la soberanía del Señor, menos energía tenía mi cuerpo. Los malestares llegaron y comencé a sentirme terrible. De la noche a la mañana me convertí en una osa perezosa. La vida comenzó a verse muy lenta, no tenía ni una pizca de inspiración ni motivación para hacer nada. No me recordaba lo que significaba la palabra creatividad y encima todo me daba nauseas. 

Moisés en su trabajo nuevo, los niños necesitando comida y dirección en sus clases, cajas por desempacar, una casa que limpiar, correos por responder y una lista de pendientes… todo eso multiplicado por un millón a causa mi lentitud… 

Quisiera decirles que un día amanecí bien, que mi energía volvió y que jamás he sido tentada a dudar de la soberanía de Dios; pero les mentiría. La verdad es que cada día es una bendición disfrazada de un reto:

  • La bendición de recordar que yo no estoy en el trono sino Dios. 

  • La bendición de aceptar la invitación de Dios estar débil e “improductiva” en las cosas que normalmente hago, para que Dios produzca el milagro de la vida en mi cuerpo. 

  • La bendición de buscar mi satisfacción a los pies de Cristo y su Palabra, en lugar de buscarlo en la ayuda inmediata de otros o en el cambio de mis circunstancias.

  • La bendición de colocar mi gozo y esperanza en el lugar correcto. No en el nacimiento de un bebé sano, sino en el Dios soberano quien, en su infinito amor, quita y da.

  •  La bendición de abrazar mi debilidad en lugar de deshacerme de ella y verla como una avenida que me lleva a depender más de Dios y a ver su poder en acción en medio de mi insuficiencia. 

  • La bendición de apropiarme de la verdad de que el mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos mora en mí, aunque tenga que quedarme acostada o siga vomitando, su poder me mantiene sentada en lugares celestiales en Cristo y me capacita para permanecer anclada en mi Salvador.

Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. 2 Corintios 12:9

¡Maravillosa bendición! Doy gloria a Dios por las diferentes estaciones, temporadas y cambios que nos recuerdan que Dios todo lo hizo bueno a su tiempo.